Ubi vos exigo evolutio, ego volo ascio vestrum animo. Tu es pestis.

© Francisco Javier Maureira P. 2005 - 2017

27.8.14

Bizarra doctrina de los vicios fungibles.

¡Fue un siniestro inconsistente! Mi hermana estaba cocinando en la oscuridad porque con la luz podíamos atraer al demonio, entonces lo único que iluminaba el ambiente era la luz de mi habitación, y sonaba a lo lejos el vapor de las ollas; fue raro porque se puso cada vez más tenue la luz, pensé que era una baja de voltaje o algo así pero empezó a darme sueño, caminé hacia la puerta, apenas respirando; no sabía si alarmarme o relajarme, el brazo izquierdo con miles de hormigas marchando por las venas, y yo tratando de sacudirlas y soplarlas pero me faltaba el aire hasta para mí mismo, así que no había mucho que hacer, ni siquiera la voz me salía con ganas ni mi canto estaba a vivo pulmón. Al final caí de mejilla derecha contra el piso y mi sangre por ahí y por allá como si a Dios se le hubiese zafado una copa de vino entre las manos. Después volví en mí y sentí como que de a poco estoy mejor, de hecho esa noche me conversé un poco más amable que de costumbre y descubrí que la raíz de todo está en que soy culpable de todo cargo. Me acuerdo que la noche se veía por mi ventana, entonces se veían también las estrellas, y como soy un don juan nato, fue inevitable no dedicármelas. Como que me puse feliz, estuve en paz. Me gustó. Estoy seguro que esa vez después del tequila en la calle, hace más de cuatro meses, en que casi morí, el corazón se me puso tan raro porque se me había desprendido todo el amor que sentía –así es, en realidad no fue un taquicardia-, al final estaba solo incluso con su compañía así que era inminente; también estoy casi seguro que lo tanto que me afligí después fue por haberme indignado y humillado tantas veces –más que por su buen recuerdo-, porque si la teoría se comprueba, esta teoría bizarra de los vicios fungibles, entonces el amor ya me había abandonado en ese instante preciso en que mis labios se tornaron púrpura. Quizá lo supe siempre, por eso no le seguí el juego del gato y el ratón, y por eso siempre estuve tan bien. Ni siquiera extrañaré el momento en que corrompió mi alma, el momento preciso en que violó mi mirada y desenfundó mi espíritu infantil. No sé la razón exacta de seguir escribiendo y dándole vueltas a este asunto, quizá es porque todos creen que no debería estar actuando como actúo, pero creo que si la vieja ya pasó, y ya cagó toda esa historia, y el final ya se escribió, no hay impedimento para continuar por mí mismo. De todas formas me sentí imbécil un tiempo, con una sensación rara la verdad, porque pasaban ciertas circunstancias y no las pude entender en su momento, y no eran situaciones pequeñas sino que incluso pudieron haber definido mi vida o mi muerte; lo bueno es que la suerte y el éxito siempre estuvo de mi lado, lo que pasa es que tuve tantas pero tantas oportunidades y no las tomé que es razonable haberme sentido imbécil. En definitiva cada vez tengo la esencia más corrompida y todo es voluntariamente; extraña es la obsesión que corrompe mi naturaleza humana. Soy inteligente, tengo todas las de ganar, así que debo cuidarme y sobrellevarme en armonía de forma cordial de estas estúpidas maquinaciones espectrales y del factor aleatorio-sorpresa, o será muy sencillo y fácil que rompan mis costillas. Ahora voy a empezar un nuevo libro, una nueva teoría y esta que se consuma en el polvo; no escribiré una sola palabra más sobre esto. Punto final.


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